Cuando la Oscuridad Me Enseñó a Ver
El día que perdí la vista no fue solo el día en que mi visión física se apagó—fue el día en que la vida me hizo una pregunta que no pude evitar:
¿Quién eres cuando todo aquello en lo que confiabas te es quitado?
Quedarme ciega no fue poético. Fue aterrador, desorientador y profundamente humano. Hubo duelo. Hubo resistencia. Hubo momentos en los que le rogué a Dios que revirtiera lo que estaba ocurriendo en mi cuerpo. No desperté ese día iluminada o inspirada. Desperté con miedo.
La ceguera no fue un regalo que pedí.
Y no es algo que glorifico.
Pero lo que sí aprendí—lentamente, con dolor y con honestidad—es que la pérdida no tiene la última palabra.
Hubo una temporada en la que luché contra mi realidad con todas mis fuerzas. Quería mi vida anterior. Mi independencia. Mi certeza. Mi mundo conocido. La aceptación no llegó como una revelación espiritual—llegó como una rendición, respiración tras respiración.
Y entonces ocurrió algo inesperado.
A medida que mi vista física disminuía, mi conciencia interior se afinaba.
Comencé a escuchar más profundamente—mi alma, las emociones de los demás, los movimientos silenciosos de la vida a mi alrededor. Aprendí a reconocer el amor en un tono de voz, la sinceridad en un silencio, la presencia de Dios en la quietud.
No adquirí “poderes especiales.”
Adquirí presencia.
Me conecté más profundamente con mis seres queridos—no por cómo se veían, sino por quiénes eran. Sentía los espacios. Percibía la paz antes de que se pronunciara una palabra. Reconocía a Dios no en grandes milagros, sino en Su compañía constante.
La ceguera no me hizo espiritual.
La aceptación lo hizo.
Y aceptar no significó rendirme—significó comprender que mi valor, mi propósito y mi identidad nunca estuvieron en mis ojos.
Esta vida es temporal.
Los cuerpos cambian.
Las habilidades se transforman.
Las circunstancias se derrumban.
Pero el alma permanece.
Comencé a ver la vida desde una perspectiva más elevada—no desde la negación, sino desde la verdad. Comprendí que no somos seres físicos tratando de ser espirituales. Somos seres espirituales viviendo una experiencia física.
Mi ceguera no eliminó mi razón de estar aquí.
La aclaró.
Estoy aquí para amar.
Para ser testigo.
Para recordar a otros que el propósito no se cancela por las limitaciones.
La esperanza no nace cuando todo está intacto.
La esperanza nace cuando sabemos que nada esencial se ha perdido.
Esta historia no trata sobre la ceguera.
Trata sobre resiliencia.
Sobre una fe que madura en lugar de colapsar.
Sobre descubrir que cuando una puerta se cierra, otra dimensión se abre.
Si estás enfrentando una pérdida—física, emocional, relacional o espiritual—recuerda esto:
No estás roto.
No llegaste tarde.
No has sido olvidado.
Con la perspectiva correcta, el sufrimiento no te define—te refina.
Todos estamos de paso por este mundo, cada uno con un propósito más profundo que cualquier circunstancia. Y muchas veces, es en la oscuridad donde finalmente aprendemos a ver lo que verdaderamente importa.
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